-Definición de movilidad. Por movilidad se entiende el
conjunto de desplazamientos, de personas y mercancías, que se producen en un
entorno físico. Cuando hablamos de movilidad urbana nos referimos a la
totalidad de desplazamientos que se realizan en la ciudad.
El tiempo promedio de un desplazamiento en la zona
metropolitana del Valle de México es de una hora con 21 minutos. De manera
acumulada, se estima que las personas pierden en promedio 16 horas semanales en
traslados a sus lugares de estudio o trabajo. Además del tiempo perdido, cada
traslado suele implicar una serie de riesgos; por ejemplo, ocho de cada 10
personas usuarias de transporte público consideran que este servicio es
inseguro, y siete de cada 10 mujeres afirman tener miedo de ser agredidas sexualmente
al usarlo. Distintas fuentes hemerográficas han contabilizado que durante los
últimos seis años, por lo menos 160 personas perdieron la vida en la ciudad de
México en accidentes en donde estuvieron involucrados microbuses. Este tipo de
transporte es el peor calificado en las encuestas de satisfacción a personas
usuarias.
La movilidad en el Distrito Federal es un tema fundamental
que implica importantes retos, tanto en relación con la calidad y seguridad en
los desplazamientos que realizan las personas que habitan y transitan en la
ciudad como para el desarrollo de la sociedad capitalina en su conjunto. No se
trata únicamente del tiempo de cada persona ni de su comodidad al abordar una
unidad de transporte colectivo, sino también de la convivencia, pertenencia e
integración social diaria en la tercera aglomeración de personas más grande del
mundo.
Tradicionalmente, la movilidad ha sido concebida como el
número de desplazamientos que realizan las personas, derivados del uso de
suelo, en un espacio determinado, asimilándola a la relación viajes
persona-día; es decir, al conjunto de los viajes que realiza una población en
un lapso de 24 horas en un medio de transporte. Esta visión ha contribuido a
centrar el análisis de la movilidad casi de manera exclusiva en la
configuración de los sistemas de transporte. No obstante, la movilidad implica
mucho más; no se restringe a un proceso individual ni a los medios de
transporte público; es un fenómeno complejo que guarda estrecha relación con un
entorno determinado en donde viven las personas, con las alternativas que
tienen para realizar sus desplazamientos y con la planeación de los
asentamientos humanos, del desarrollo y el medio ambiente, entre otros
aspectos.
Existen factores de la movilidad como los valores, el gusto
mayor o menor por las salidas y las actitudes, entre otros, que necesariamente
van modificando y dando diferentes matices al modo en que las personas se
movilizan individual y colectivamente. Éstos, sumados a las condiciones de
pertenencia a determinado grupo, edad o sexo, por ejemplo, terminan por cerrar
el círculo que origina la perspectiva que tendrá cada persona de los
desplazamientos, propios y de los demás.
Sin duda, la movilidad constituye un fenómeno de tipo
cultural, pues va más allá de los aspectos cuantificables y medibles para
observar una gran variedad de prácticas relacionadas con ella en todo el mundo.
Por ejemplo, no se tiene paciencia, impaciencia o prisa de la misma forma; y un
destino puede parecer lejano o cercano, dependiendo del lugar donde se reside.
Finalmente, la movilidad contiene un elemento cultural
respecto de la ciudad, no sólo por ser necesaria para acceder a ésta sino
porque forma parte de la convivencia colectiva. Conceptos como cultura vial,
cultura peatonal y cultura del automóvil reflejan esta característica del
fenómeno.
La dimensión más estudiada al hablar de la movilidad es
quizá su relación con el medio ambiente, en un contexto donde a nivel global el
crecimiento del transporte resulta cada vez menos sustentable.
Si bien los servicios de transporte en una ciudad influyen
directa y positivamente en la calidad de vida de las personas que habitan y
transitan en ella, al facilitar el acceso a bienes y servicios y la
satisfacción de necesidades básicas, la manera en que éstas se mueven también
puede tener externalidades negativas, como las asociadas con los costos
ambientales de los medios de transporte. En este sentido, la incorporación de
la perspectiva de protección ambiental en el estudio de la movilidad implica adoptar
nuevos indicadores de análisis como la emisión de gases contaminantes, el uso
de fuentes energéticas, los decibeles que se producen durante el
desplazamiento, el uso de suelo y la fragmentación del territorio causada por
las infraestructuras de transporte. Asimismo, el paradigma de movilidad trae
consigo el reposicionamiento de dos de los transportes más antiguos y menos
contaminantes: la bicicleta y la caminata. El regreso a ellos se ha dado con fuerza
en un panorama de crisis ambiental, para ubicarlos en el centro de la movilidad
sustentable. Es decir, lo que antes se expresaba en términos de modernidad como
que fuese mínima la distancia que se debiera caminar, ahora se ha transformado
radicalmente para posicionar a estos modos de transporte como las expresiones
simbólicas que aportan mayores beneficios. Así, la dimensión ambiental de la movilidad
se expresa no sólo como el mayor respeto y protección del entorno y de la
sostenibilidad, sino también en términos de salud pública.


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